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La Llorona
(Versión del Padre Esteban Ramírez)
 


En el México antiguo, una "cangahachíi" (bruja chichimeca) vaticinó a sus congéneres indígenas la llegada de los conquistadores españoles.

- "Del otro lado de la montaña, vendrán hombres blancos de larga barba y de mirar color de cielo, seguirán nuestras huellas y exterminarán nuestra raza".

Temerosos pero a la vez incrédulos los chichimecas prefirieron ignorar su predicción. Pero al pasar del tiempo, escucharon en una noche tranquila y serena, redobles de tambor, roncos gemidos de corneta e ininteligible gritería que se perdían en el Cerro Grande (conocido ahora como el Cerro del Águila, localizado al sur de San Luis de la Paz) y el montículo de la Ciénega (situado al este de nuestra ciudad).

El hombre blanco que predijo la hechicera había llegado. Ceso por fin el redoble del tambor y calló la gritería. Los españoles fatigados, sudorosos y empolvados acamparon junto con sus aliados otomíes y tarascos a la vera de un riachuelo. Ahí encendieron fogatas y los indígenas les narraron a los castellanos las crueldades e instintos sanguinarios de los chichimecas.

Murió una luna y muchas más y los nativos desaparecieron. Los conquistadores no encontraron nada, ni una huella, ni un vestigio en sus guaridas. Huyeron a lo más escabroso de los montes y desde ahí con sagaz mirada, esperaban impacientes la venganza.

Mientras tanto, la calma y la alegría reinaban en los nuevos moradores. Ya las tierras estaban ocupadas por los otomíes y tarascos; tenían una ermita, en torno a la cual levantaron pintorescos jacalitos. Los parajes ofrecían abundantes frutos, de los que disfrutaron mucho los conquistadores.

Pasó una cosecha y luego otra, cuando en una noche como aquella en que habían venido, resonaron alaridos de rabia y de guerra, y una lluvia de silbantes flechas y negras piedras, cayeron sobre los pacíficos habitantes de la naciente población. No pudieron resistir el violento ataque y sucumbieron tristemente tanto otomíes como españoles.

Los nativos gozaron su triunfo y se remontaron a las alturas de los cerros, cuyas cimas están coronadas de eterna niebla. Pasó más tiempo, el castellano regresó con más brío, llevando en sus escuadrones a los que habían de cimentar la villa: otomíes y obstinados tarascos. Levantaron sus fortines, colocaron los arcabuces y escopetas, en espera de ataque.

Y otra vez volvieron los aguerridos chichimecas; pero ahora sí, como tiernos tallos de maíz, fueron cayendo uno tras otro, traspasados por la lanza o por el fuego de los arcabuces. Unos quedaron tendidos en el campo, lanzando gritos de terror. Otros quedaron en poder del castellano. Entre ellos, Rutzáa huthríi manníi (hija del cenzontle), una bonita indiecita rubia, hija del cacique.

Todas las miradas de los vencedores, escrutadoras y embobadas lanzadas al rostro y cuerpo de la hermosa india. Todos se la disputaban como botín de guerra; altercaban e insultaban, cuando una voz autoritaria, resaltó en medio del tumulto:

"Tan hermosa señora, merece un arrogante hidalgo o un gallardo adelantado. Guardadla, para ofrecerla a nuestro Alférez Real". Y la guardaron.

Vino el Alférez, un hombre flaco y largo de cuerpo, ojos azules, pequeños y penetrantes. Ella quiso resistir, pero era el Alférez o la muerte. Desde entonces, melancólica y callada acudía a los oficios divinos con el delgado hidalgo y, en la sucia ermita, pedía y suplicaba en su lengua, ignorando los devotos que pedía y porque lloraba.

Ella vivía sumergida en las añoranzas de sus tiempos idos. Pasaron cuatro años y lentamente asomó en sus ojos la amargura de su alma. Su tristeza no cambió a pesar de la llegada de dos graciosos niños.

Por lo que una noche huyó llevándose sus dos vástagos. Exhausta cayó vencida y al abrir sus ojos nuevamente estaba en la casa del Alférez Real. Pero sus hijos... ¿sus hijos? Habían desaparecido. Buscando enloquecida en todas partes, en perfecto español gritó: "¡Mis hijos... aay... mis hijos...!

El viejo militar la ató a un añoso cedro y descargó sobre ella azotes y blasfemias hasta agotar sus fuerzas y desgarrar los miembros de la miserable e infortunada madre. Ella abría apenas sus morados labios, no para suplicar perdón, sino para exhalar un suspiro hecha plegaria: ¡Mis hijos... aay ... mis hijos!

Atónito el Alférez, contempló que poco a poco se desprendía de aquel cuerpo yerto una figura vaporosa y fluida. Erizados sus cabellos, observó que aquella silueta transparente se acercaba silenciosa... más y más... hasta llegar a él, y con un agudo y horroroso llanto, clamó: ¡Mis hijos... aay... mis hijos...!

El aterrorizado Alférez cayó de bruces. Al día siguiente, su cuerpo fue hallado helado, con una ostentosa y sangrienta herida, sin corazón y sin alma. Desde entonces, la rubiecita, dicen los viejos moradores, corre por el aire, hermosa como siempre. A través de los siglos siguió desesperadamente en busca de sus hijos, desgarrando al aire sus agudos gritos: ¡Mis hijos...aay...mis hijos!


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Enterrado Con Sus Dioses
(Versión de Cristóbal Ramírez García)


Hace muchos años, cuando llegaron las primeras noticias de que los hombres blancos, que eran españoles, se acercaban a estas tierras, se organizaron muchas tribus de la Nación Chichimeca para formar un grupo de guerreros y defender sus dominios.

Fue mucha la resistencia la que presentaron los indígenas. Corrió mucha sangre, tanto de nativos como de españoles. Se peleó hasta la muerte, porque los españoles tenían el único interés de conquistar todo lo que poseían. Además de que querían destruir sus ídolos, lo más sagrado para ellos.

Los ídolos les permitían comunicarse con la naturaleza para pedirle buenos tiempos de abundancia en el campo; para que hubieran lluvias, tunas, garambullos, pithayas y pastos para que no escasearan los animales. Todo ello les permitía vivir y seguir unidos.

La situación preocupó mucho a los chichimecas. Por lo que se reunieron todos los ancianos y acordaron esconder los dioses para que no fueran destruidos por los militares o frailes españoles.

Se cuenta que se escogió un cerro sagrado y al pie de él día y noche se trabajó para hacer un gran túnel. Al fondo, se formó  un espacio como cueva y ahí se depositaron los ídolos para protegerlos. Los nativos juraron no revelar el secreto que allí se escondía. Cuando se iba a tapar el túnel, el más anciano del Gran Consejo no quiso dejar solos a los dioses y pidió que lo dejaran ahí. Así que lo enterraron con ellos.

Hoy, los jóvenes chichimecas nada saben de este suceso. Cuando se les consulta a los ancianos sobre el tema, empiezan a fumarse un cigarro y bajando la mirada contestan: "no sé nada", "no es cierto", "olvídate de esas cosas".



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Las Brujas
(Versión del Padre Esteban Ramírez)



- "Cangahachíi manníi ...Cangahachíi manníi..." (Ahí está la bruja...ahí está). Así exclaman azorados los chichimecas, al contemplar desde sus jacales fuegos rojizos y vagos que se elevan y cruzan el espacio.

Aun vive en sus recuerdos la legendaria bruja del "embonan-dehée" (Cerro Grande), la misma que predijo la llegada del hombre blanco, la más temida de la comarca. Ella como todas las demás hechiceras era cruel y malvada; así lo afirma lo sucedido en el naciente poblado de San Luis de la Paz en el siglo XVII.

En ese entonces, un valiente y emprendedor misionero, ansioso de ganar la simpatía de los salvajes chichimecas, llegó acompañando una colonia de otomíes, mandados por el Virrey Don Luis de Velasco hijo, para fortalecer la población. Después de un gran recibimiento, en el que se jugaron por tres días hermosos toros y danzaron los indígenas, se dirigió a descansar a la hermosa y fértil hacienda de San Isidro el Grande.

Una noche fría y nublada, al estar meditando de repente contempló asombrado una rojiza lumbre que cayó desde las alturas, fuera de la hacienda. Salió y miró que ardía, levantando azuladas llamaradas que se esfumaban en la oscuridad. Quiso llegar a ella, por lo que caminó y cuando casi la tocaba, subió rápida; a lo que siguió una risa diabólica y burlesca que penetró por su cuerpo, dejándolo bien helado.

Intentó rezar pero sus aterrorizados labios se negaron; temblaba y sentía que el viento se le encajaba en los mismos huesos. Quiso huir y se vio rodeado de nopales y matorrales. Vio una luz amarillenta, pensando que era la farola del portón la siguió. Desapareció la luz y otras más pasaban como visión de ensueño.

Pasaban las horas, comenzó a llover y sus ropas clericales estaban empapadas y hechas jirones por los matorrales. Ya casi fuera de quicio, exclamó Ave María Purísima cuando cayó a sus pies una horripilante y desgreñada vieja, arrojando asquerosa espuma por su boca. Las extrañas frases que la bruja pronunciaba terminaron de espantar al misionero y cayó desplomado.

Al amanecer ceso la lluvia, el sol apareció calentando su cuerpo, sacándolo de su sopor. Se levantó y se dio cuenta que su ropa estaba desgarrada, su sotana había desaparecido y su Cristo, rosario y libro de rezos también.

Había llegado con los otomíes, pero ahora se marchaba del lugar; preguntándose que seres tan extraños volaban en el espacio oscuro, soltando delirantes carcajadas.

Han pasado los años y las visiones de esas lumbres perduran todavía en la fantasía de los indígenas. Huyen y temen cuando ven cruzar en la oscuridad fuegos inexplicables o contemplan azulados destellos sobre las montañas.



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El Nahual
(Versión del Padre Esteban Ramírez
)


Don Rodrigo Martín era un misterioso indígena, natural de la "Cruz Negra" de San Pedro de los Pozos (según el archivo parroquial), avecinado en la Misión de San Luis Xilotepec desde antes de ser conquistada esta tierra chichimeca. Su madre era una indígena tarasca que antes le decían "Xuchitl" y más tarde Josefa la de la Cruz Negra. Su padre, ya muerto, era un nativo huachichil conocido como Don Rodrigo.

Su albergue era una sencilla choza, pedregosa y maloliente, situada a la vera del camino que lleva a Xichú, muy cerca del manantial que surtía de agua al poblado. Le gustaba caminar por las recién trazadas callejuelas, torcidas y terrosas; pero no hablaba con nadie, no reía, ni participaba jamás en los alegres mitotes de sus congéneres, ni menos en los juegos de toros traídos por los españoles.

Al morir su madre, se hundió en la tristeza. No araba la tierra, no hacía nada; sus ojos escrutadores los lanzaba a los rostros de los temerosos vecinos que huían de él, musitando plegarias a sus dioses tutelares o al Santo Patrono, San Luisito.

La gente cuenta que Don Rodrigo al decir unas entrecortadas frases se convertía en un raro animalejo. Los vexabanes, huachichiles, jonaces, copuces, tarascos y otomíes juraban haberlo visto a la orilla de la pila donde beben los animales transformado en "Ahuitzol" (un perro pequeño de pelo corto, orejas pequeñas y puntiagudas, cuerpo negro y muy liso, cola larga, pies y manos humanas).

¡Cuántas veces, agazapado a la vera del camino, aterrorizaba a los legendarios arrieros en forma de coyote! Asimismo, se llevaba las mazorcas de maíz, los guajolotes y las gallinas. Las personas no salían después de oscurecer, dejando solitarios los caminos.

Al escuchar de las fechorías del maldito nahual, el Escribano Real Don Pedro de Val de Rama, acompañado de comisarios buscó por veredas, calles y callejuelas a Don Rodrigo Martín. Pensaba torturarlo, hacerle beber agua hasta que explotará, restirarle los nervios, quebrarle los huesos en el torniquete, arrancarle las uñas.

Pero Don Rodrigo Martín, el nahual, escapó. Se fue de estas tierras y se marchó a seguir su vida andariega y criminal entre los otomíes de la Sierra Gorda. Aunque su leyenda perdura; al calor del fogón, en las noches frías los habitantes cuentan temerosamente sus aventuras.



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Invitado a Cenar
(Versión de L. Fernando de la Tejera Rivera)


Corría el año de 1709 cuando Don Luis de Villaseñor, Escribano Real de su majestad, caminaba en las afueras del real de San Pedro de los Pozos. Cerca del campo santo distraído iba pensando cuando tropezó con una calavera, desenterrada posiblemente por algún animal. Estando a punto de caer, fue tanto su enojo que dio un puntapié a la misma y pronunció la siguiente frase "como un carajo, por la noche os espero a cenar". Siguió con paso franco, sin darle más importancia al asunto.

Llegó la noche, se recogió en su morada en la calle de Las Flores. Al estar cenando con unos amigos, se escucharon toquidos en el portón. Salió uno de los sirvientes y se encontró con un caballero de figura atlética que era iluminado por la farola situada en el pórtico. Le preguntó: "¿Qué se le ofrece?". El caballero le respondió "busco a Don Luis de Villaseñor que me invitó a cenar".

Le pasaron el recado a Don Luis y éste dio permiso para que pasara a compartir los alimentos. Su presencia intrigó a los presentes. Comenzó la cena con la bendición de los alimentos y prosiguieron a deleitarse de los exquisitos manjares.

Al término de la reunión intrigado Don Luis, salió a acompañar al misterioso caballero. Le comentó que si era conocido de las personas importantes de la comunidad que habían participado en la velada, porque no recordaba haberlo visto anteriormente.

"No Don Luis, acordasteis vos que hoy por la mañana tú me invitasteis a compartir los alimentos en tu morada", le respondió el caballero. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Don Luis, quedando paralizado por el recuerdo del incidente ocurrido en la mañana. Pero si alguna duda tuviera Don Luis, el caballero dando un paso atrás hacia la luz de la farola quedó al descubierto su cabeza hecha calavera.

El escribano quiso rezar pero sus labios se negaron. Momento que aprovechó el caballero para perderse en las calles del Mineral de Pozos. Don Luis no supo cuanto tiempo se quedó en la misma posición, hasta que fue descubierto por uno de los sirvientes. Lo condujeron a su lecho de donde jamás se levanto, hasta su muerte.

Desde entonces se dice que aquel que osa burlarse de una osamenta, corre el peligro de ser visitado por el enigmático caballero.




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Una Misteriosa Dama
(Versión de la Sra. Ma. Concepción Hernández Arvizu)


A principios del siglo XX, me contó mi abuelo, ocurrió un suceso extraño y espeluznante. En ese tiempo no existía policía y los mismos habitantes de San Luis de la Paz se turnaban para hacer rondas nocturnas y vigilar el pueblo. En una noche oscura y callada, dos personas que hacían guardia experimentaron lo siguiente:

Caminaban por la explanada Matamoros cuando de repente vieron que pasó una misteriosa dama de cabello largo y blancas ropas. Su presencia les extrañó pues a esas horas normalmente no había gente en las calles, menos aún una mujer.

Observaron que la dama siguió su camino por la calle de 5 de mayo con rumbo a la Alameda. Decidieron seguirla para ver de quien se trataba. Cuando pasaron por donde se encontraban los lavaderos públicos (donde es ahora el Auditorio Municipal) parecía que ya la alcanzaban, pero no fue así. Siguieron caminando y casi al salir del pueblo, donde comienza el camino a Victoria, otra vez casi la alcanzaron, pero nuevamente se les escapó.

Uno de ellos prefirió mejor regresar al pueblo. El otro intrigado, no se quiso quedar con la duda y continuó la persecución. Finalmente logró su objetivo por la Hacienda de Ojo de Agua. Ahí la mujer volteó y para su horror y sorpresa... ¡tenía cara de caballo! Se desmayó cuando este ser infernal emitió un aullido muy fuerte.

A la mañana siguiente el hombre despertó. Su ropa estaba mojada y manchada. ¡Se había zurrado del susto!

Esta historia de vez en cuando se cuenta, especialmente a la gente que le gusta andar de trasnochadora y parrandera.



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Se Encontró El Dinero
(Versión de la Sra. Ma. Concepción Hernández Arvizu)


 
Debido a que nuestra ciudad es muy antigua y por mucho tiempo no existieron bancos, era común que la gente guardara su dinero, monedas de oro o plata, enterrándolo en lugares secretos. Algunas personas al morir se llevaban a la tumba su secreto, pues nunca le comentaron a nadie la existencia de sus tesoros ocultos. En el presente es común escuchar a la gente decir que alguien de repente se hizo rico porque "se encontró el dinero".

Una de estas fantásticas historias es la siguiente: En la década de 1950, una joven al dirigirse a la bendición nocturna a la Parroquia de San Luis Rey en compañía de su hermana se le quebró un tacón de su zapato. Mientras su hermana se regresó a traerle otros zapatos, ella se sentó en la banqueta, a pocos metros de su casa en la calle Morelos, entre Josefa Ortiz y Bravo. Al estar esperando, le pareció escuchar el ruido de unas cadenas arrastrándose. Ella por el miedo ignoró el extraño ruido y ya con nuevos zapatos se dirigió a la iglesia.

Por la noche al estar dormida, sintió que alguien la descobijaba, por lo que se tapó. Otra vez la descobijaron, por lo que se sentó en la cama y vio un bulto blanco. Pensando que era uno de sus hermanos, le pidió que ya dejara de andar de travieso y la dejara descansar. Nuevamente la destaparon y sentándose de nueva cuenta en la cama, volvió a contemplar la figura blanca. Gritó: "¡ya déjame dormir!". Se volvió a acostar y se durmió.

Al día siguiente, le dio la queja a sus padres de que uno de sus hermanos no la había dejado dormir. Su papá fue a reclamarle al hijo por su acción, pero para su sorpresa él negó todo.

Pasaron los días y la joven volvió a sufrir la misma experiencia. Pero en esta ocasión se dio cuenta que el bulto blanco, no era su hermano sino un fantasma. A partir de entonces este espíritu se le apareció constantemente.

Al hacerlo, le dijo en diversas ocasiones que él tenía un presente que darle, un tesoro enterrado en su misma casa. Este constaba de un caso lleno de monedas, mitad de oro y mitad de plata. El fantasma le prometió decirle donde estaba, a cambio de que a media noche lo fuera a sacar con él. Además, de que al desenterrarlo, tenía que entregar un cofre de metal lleno de medallas al Templo de la Virgencita; así como mandarle decir unas misas y rosarios. Finalmente, que le diera las gracias personalmente de mano. Ella muda del miedo no podía contestarle.

La joven le contó lo sucedido a sus padres. Al principio, no le creyeron, pero en cierta ocasión al estar lavando junto con su mamá en el patio trasero de la casa, contempló al fantasma y empezó a tartamudear. Temblando le señaló a su mamá lo que veía, pero la mamá no distinguía nada. La muchacha más tarde le comentó que observó al bulto blanco bajando los restos de una cerca tirada que dividía  la casa con la que se encontraba a espaldas.

Siguiendo el consejo de su padre, la siguiente vez que vio al ánima, se colocó una medalla de San Ignacio de Loyola en la boca para poder constarle. Ella le comentó que ella no quería sacar el dinero pero que su papá si estaba dispuesto. El espíritu le respondió que tenía que ser exclusivamente ella.

A los pocos días la joven se casó y se fue a vivir al rancho. Pensó que al suceder esto se libraría del fantasma...¡pero hasta allá la siguió! La petición siguió siendo la misma.

Su esposo al estar enterado de ello en la próxima aparición le dijo de maldiciones. Por lo que el bulto blanco ya nunca jamás la molestó. ¿El tesoro? Del tesoro se dice que un nieto dueño de la casa trasera lo encontró. Ahora es un acaudalado comerciante y la gente dice que es porque... se encontró el dinero.




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Uricuné
(Versión de Alfredo Guerrero Tarquín)



A pocos metros al sur de la ciudad, puede verse un "quijay" de bulliciosos manantiales que invitan al viajero a descansar en sus orillas. Ahí, al pie del Cerro del Águila que los nativos llamaron Cerro Grande, hace más de 450 años se narra sucedió lo siguiente:

La joven Uricuné era una belleza a sus escasos 15 años. Era hija de la princesa Humaniré y del temible guerrero Carángano. Este último era un feroz chichimeca que recorría las montañas en espera del invasor español para impedir su paso con la muerte.

Uricuné no debía abandonar su morada de Emboringá, un cerrito cubierto de flores en medio de un cuenco natural donde vertían las aguas de la montaña, formando una pequeña laguna. Pero el día que cumplió 15 años, como lo mandaban los cánones de la tribu, la princesa tuvo que recorrer sola toda la extensión de sus dominios.

En su travesía, se encontró con un joven guerrero llamado Egúmhupá. Al mirarlo, su corazón quería salirsele del pecho y toda ella se estremecía. Esta sensación que ella no podía definir era simplemente amor. Desgraciadamente, no podía existir esa felicidad... Egúmhupá era su hermano, hijo también del terrible Carángano, que no le había revelado el secreto.

Una noche, Uricuné abandonó su hogar de Emboringá. Como pudo se dirigió al baño azul del águila en busca de su amado, sin importarle el terrible impedimento. El camino era áspero y sombrio. Caminaba con díficultad cuando de repente salió a su paso un monstruo... una gigante serpiente. El monstruo se acercó a ella y sin miramientos la devoró. Al hacerlo un trueno se escuchó, la tierra se estremeció y un cataclismo horroroso partió la montaña.

Su madre, la princesa Humaniré, gritaba entre las destrozadas peñas: "¡Quijay! ¡Quijay!... La montaña lloró lágrimas azules por aquella herida, formando una laguna que hoy hace las delicias de la gente en tiempos de calor.

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